miércoles, 22 de agosto de 2007

Cuento de Emmanuel Rodríguez




El dolor de los pájaros

Sucedió una tarde tibia de enero. El rey sol había brillado con exquisita esplendidez. Estaba cansado y su manto de luz cristalina esparcido por el valle era reflejo de que muy pronto se lanzaría en la cima penumbrosa del ocaso. Pero antes bañaba con caricias tibias los hombres, las bestias y la ternura del vergel.
Los árboles estaban quietos y azorados, como quien contempla inmóvil de un amor la triste despedida. La juguetona brisa enerina besaba los cerros, las espigas doradas que brotan de las entrañas de mi pueblo. Nunca había visto la naturaleza a un vivo compás. Todo parecía dirigido por sabio e invisible maestro. Al tiempo que nuestro hombre, nuestro hombre de campo dejaba los surcos preñados y se dirigía a la tranquilidad del hogar, unas que otras bandadas de garzas surcaban el aire rasgando así las áureas mansiones de nuestro azul celeste.
Las garzas vestidas con su blanco ropaje de nieve danzaban en circo frente a la mirada sonriente del sol que se marchaba. Su cadencia era alegre y al unísono. Sólo un corazón duro como las peñas de nuestro río podía ser indiferente aquel espectáculo sin igual.
Todo aquello me parecía un sueño, una vaga ilusión.
Una bandada de aves cubiertas de un negro ropaje rasgó mi éxtasis con su inesperada llegada. Entablaron juego en uno de los arbustos que está a la orilla de la polvorienta carretera, al tiempo que regaban en el aire su ronca sinfonía. El cielo azul manchado con copos de nubes blancas, con ídolos saltos que de los arbustos a la maltrecha vía hacían de aquella escena hermosa algo sin igual. No comprendí hasta entonces por qué ni cómo viven las aves. ¡Cómo aman la libertad! Quizás ellas impulsen a los hombres a que germinen ellos esa palma cuya semilla sembró Dios en la naturaleza de los seres humanos.
Las aves parecían sumergidas en un grato concierto. No le importaba la mirada indiferente del hombre. La bandada de aves se unió a su hermano asfalto, su color, pero fue corta la alegría, pues uno de ellos cayó herido por un monstruo hecho por la inteligencia de un ser llamado hombre. El alegre concierto cambióse entonces, por un lastimero ambiente de luto. Sus alaridos helaban, y sus hermanos que habían escapado volvieron. Eran alaridos que rechinaban el alma con pavoroso dolor, sus alas se movían inquietas, pero junto a él estaban sus hermanos que parecían preguntarse con lenguaje que solo las aves que sufren el dolor de los suyos pueden entender, ¿dónde te duele? ¿Es de sangre que está manchado tu plumaje?
Mientras vivía este espectáculo sombrío volví la cara hacia el sol, pero ya no existía. Sólo abigarrados mechones de nubes grises y rojizas fulguraban en el infinito. Sus flechas ya no penetraban en las espigas vestidas de oro que en su fulgor brillaban con grato esplendor.
La danza de las garzas en circo había concluído sólo densas tinieblas que arropaban con su manto de negrura la tierra, había en redor.
Yo también comencé una marcha torpe y vacilante, me marchaba, pero mi pensamiento iba forrado de muchas interrogantes. ¿Por qué se odian los hombres? ¿Por qué no se comprenden? ¿Por qué no prima el amor? ¿Por qué no sufre el hombre el dolor de su hermano? ¿Por qué? ¿Por qué...?
Mis pasos eran nostálgicos, me sentía solo. Se engrifaron mis pelos, un frío extraño me abrazó. Reinaba un silencio que me causó un terror indescriptible, me sentía como un niño indefenso, a la intemperie del calcinante desierto. El sol ya estaba en sueño profundo. Me muero pensé de repente, algo misterioso recorrió mi ser, no sé por qué pero me sentí un prisionero que ve refulgir la luz de la libertad después de la esclavitud del barrote.
Seguí mi camino en forma suave… No quería volver a mi reciente pasado. Momento después una estrella como encantada por la espesura nocturna había disuelto tímidamente las pesadas tinieblas.
Brilló en mí la alegría, recordé las estrellas, las doradas espigas que nace en las entrañas de mi pueblo, las bandadas de aves vestidas de fina blancura y cuando a mí volvió el recuerdo del ave de negro ropaje resonó en mi ser sus apesadumbrados alaridos, y al no querer caer nuevamente en la falta pesadilla revoloteó en mis adentros un triste y doloroso ¿por qué?